Por unas moras. Autor: Salva Reyes

Por unas moras. Autor: Salva Reyes

Seguía su camino a lo largo del bosque, moviendo la nariz en busca de aquello. Nunca se había alejado tanto de aquella zona donde las ramas crecían altas cambiando el color del cielo, del azul al verde. En esta parte el sol se conseguía colar entre los árboles iluminando su pelo marrón. Había mucho más espacio entre los árboles y mucho más ruido.

El olor le llegó más claro, su simple recuerdo hacía que la boca se le hiciera agua. Hacía mucho que no comía una y su dieta llevaba mucho basándose en hojas. Volvió a saborear el aire para encontrar su rumbo. Después de mover las pezuñas unos cuantos pasos, oyó algo.

Aunque desconocido, en su memoria se despertaba la posibilidad de haberlo escuchado antes. El sonido era lejano, pero sus orejas peludas estaban bien atentas. El ruido era estridente y de fuertes golpes que ponían la respiración acelerada, se mantuvo durante unos segundos para luego desaparecer.

Aún expectante a la vuelta del ruido recordó qué estaba haciendo y volvió a encaminarse hacia aquel aroma. Al fin lo encontró, pero era extraño. Aquellas moreras estaban dispuestas en fila y con la misma separación entre árbol y árbol. Pero esto no consiguió disuadirle de recoger su recompensa, se alzó sobre sus patas traseras y alargó la lengua hasta la primera mora.

Pero la satisfacción fue momentánea. Aquel ruido volvió a aparecer, esta vez más cerca, escuchándose alaridos, carreras y ramas partiéndose a su avance. El sonido iba en su dirección, los músculos de las patas empezaron a ponerse tensos y, ante el avance del ruido, empezó la carrera.

El cuerpo ya estaba en funcionamiento, el corazón bombeaba fuerte y los pulmones se llenaban vaciando todo el aire de alrededor. Aun corriendo a esa velocidad, el ruido no disminuía, parecía que se le hubiera pegado a la piel, y cada vez iba a más. Con todo aquello aceleró la carrera, los sonidos se extendían a su alrededor, el objetivo era sobrevivir. Pero la carrera terminó.

El encontronazo provocó que cayera al suelo, un líquido rojo le goteaba de la cornamenta. Se giró rápidamente para ver con lo que había chocado. Aquello estaba ahí tirado, agarrándose la mejilla de donde le salía aquel líquido rojo. No paraba de gritar atrayendo a aquellos sonidos estridentes que se aproximaban.

No había tiempo, pataleó hasta poder ponerse en pie, mientras aquello seguía quejándose y el ruido se acercaba. Salió corriendo mientras tropezaba y le temblaba el cuerpo; pero había que salir de allí. La noción del tiempo desapareció durante el resto de la huída, el corazón le aporreaba el pecho cómo si fuera a salir a través de sus costillas.

Continúo corriendo mientras la saliva le caía de la boca y lo jadeos le impedían respirar. Se paró y se tiró al suelo, mirando a su alrededor aún con el recuerdo de aquel encuentro y de aquellos sonidos que ya solo eran un eco. La vista empezó a nublársele, los jadeos eran agonizantes, y de pronto se desmayó.

Lo que lo despertó empezó siendo agradable, una sensación de calidez acogedora con unos chisporroteos rítmicos. Pero el calor se intensificó y los chisporroteos sonaban como mordiscos. Cuando abrió los ojos el verde del bosque se había apagado y el rojo y gris empezaba a reinar a su alrededor. Con un bramido se puso en pie y se alejó todo lo que pudo de aquella zona que estaba siendo devorada y convertida en gris.

Estando lo suficientemente lejos echó la vista hacia atrás y vio de donde venía aquella muerte roja. Parecía haberse originado en aquel lugar hecho de piedra, poblado por aquellos seres como con el que había chocado. Los gritos y el rojo eran ahora la característica principal del lugar, en vez de la piedra gris y el bullicio.

Al seguir avanzando se encontró con otros habitantes del bosque, que alzaron sus cabezas con sus bellas cornamentas y bramaron al verlo, respondió igual y se unió a ellos en la partida con la cornamenta aún manchada de aquel líquido rojo.

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