Carne a la brasa. Autora: Irene González Rico

Carne a la brasa. Autora: Irene González Rico

Entró en el supermercado con solo una idea en la cabeza: Miércoles se había dejado la puerta abierta, estaba más que segura. Mientras pensaba en ello, caminó por los pasillos de la tienda haciendo repiquetear en el encerado suelo sus seis finas patas que se movían a la vez. Tenía que llevar las desastrosas alas plegadas a su emplumado cuerpo para no derribar las estanterías y tirarlo todo. Miles de ojos la observaban desde todos los rincones, podía notar el escozor en su nuca; pero no le importaba, ya estaba más que acostumbrada.

—Sara, ¡buenos días! —saludó el dependiente, un orco de barriga prominente y dientes podridos y separados, vestido tan solo con un delantal que había sido blanco, pero que, ahora, estaba cubierto por numerosas manchas oscuras.

—¿Qué hay hoy de especialidad? —preguntó ella sin rodeos.

—Carne a la brasa.

Sara se relamió los colmillos con su lengua viperina y clavó sus grandes ojos en un hombre atlético de mirada fiera y profunda que la observaba desde el otro lado del cristal.

—Ponme a ese y a un par de rechonchos —dijo Sara señalando a aquel hombre con una de sus afiladas garras—. Hoy prepararé una buena sopa con su grasa.

Sin decir nada más, el orco cogió al que le había señalado, rodeándolo con una gruesa mano pegajosa y verde, y lo introdujo en una bolsa marrón de cartón junto con otros dos con sobrepeso. Sara cogió el paquete y, tras colocárselo bajo el brazo, se encaminó hacia la salida. Se detuvo en la puerta al oír un murmullo constante procedente de la bolsa. Intrigada, la abrió y descubrió que el hombre de profundos ojos estaba gritando y gesticulando con las manos, haciendo aspavientos. Acercó su peluda oreja un poco más para entender lo que decía.

—Os coméis a nuestros hijos, destrozáis nuestras casas, ¿y tenemos que…?

No pudo terminar la frase. Sara lo cogió del pescuezo y lo dejó caer por el oscuro agujero que era su garganta, harta de escuchar sus lamentaciones. Cuando se lo tragó sin siquiera entretenerse en masticar, echó un vistazo a los otros dos hombres que se habían hecho un ovillo en un rincón de la bolsa. Los pliegues de sus flácidos estómagos temblaban al ritmo de sus agitados corazones. Tras dedicarles una media sonrisa torcida, desplegó sus roídas alas y se elevó varios palmos del suelo. Estaba segura de que Miércoles se había dejado la puerta abierta, pero ¿y su bufanda? ¿Se la habría dejado en la bañera?

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